Capítulo 0. Las mujeres alquilamos el espacio público

Publicado el 19 de febrero de 2026, 11:54

Una periodista a la que admiro profundamente me habló una vez en estos términos; charlábamos sobre la escasa presencia de las mujeres en los medios de comunicación: las fuentes informativas son mayoritariamente masculinas; columnistas, tertulianas y expertas son caras de ver. Y no es porque los medios no estén buscando, en sus líneas editoriales, una paridad de voces; es, sobre todo, porque las mujeres no se atreven a dar el salto a la tribuna pública.

-“Es porque los hombres tienen comprado el espacio público y las mujeres lo alquilamos”. La reflexión es brillante y demoledora, la tengo en mi cabeza desde entonces y no puedo más que darle la razón. Imagina la situación llevada a la vivienda: cuando tú compras una casa te sientes confortable en ella; la decoras a su gusto, añades, quitas, perforas las paredes sin pedir permiso a nadie y sin que ninguna persona te pida ninguna explicación o te pueda recriminar al respecto. Cuando la alquilas, sin embargo, siempre estás a expensas de otras normas, otros gustos, todo resulta un poco “por favor”; al fin y al cabo, tú eres una invitada (de pago) en casa ajena. Lo que hagas con la vivienda será revisado y supervisado por la persona arrendataria y, desde luego, si te equivocas, tendrá unas consecuencias.

A las mujeres nos sucede exactamente igual cuando nos exponemos públicamente: nos sentimos infiltradas, revisadas y criticadas por el ojo ajeno. Por eso muchas prefieren comprar otro espacio en el que se puedan sentir cómodamente dueñas. Los lugares públicos y, especialmente, los de comunicación, los ágoras y foros de la historia, nacieron para los hombres (o eso nos han contado) y, durante siglos, con contadas excepciones culturales, han seguido siendo patrimonio masculino. Son muchísimas las razones que siguen perpetuando este contrato de propiedad: herencias culturales, sesgos de género, ¿miedo?

Las luchas feministas han logrado avances significativos en este campo, pero siento que la continuación de la historia tiene que ser una lluvia fina que logra individualmente un mejor posición para las generaciones que vienen detrás; hay una responsabilidad de herencia que todas las mujeres actuales tenemos sobre nuestros hombros, y comienza por empezar a desechar complejos y alzar nuestra propia voz.

Mi mirada intenta aportar claves distintas a las que clásicamente escuchamos en un curso de comunicación al uso. Porque, cuando aplicas perspectiva de género al estudio de la oratoria y al arte de hablar en público, descubres que muchas de las técnicas tienen un trasfondo masculinizante (lógicamente, porque están escritos por hombres, para hombres, en un tiempo en el que la tribuna pública era sólo para ellos), y que al final es un traje con el que muchas mujeres (y también hombres) no se sienten cómodas. Y no hay nada más contraproducente para la comunicación que perder la autenticidad por el camino de intentar sonar más ejecutiva, más grave, más de manual de otro siglo. 

Todos los nombres que aparecerán en este blog son imaginados, pero sus historias son muy reales. Son mujeres que he ido conociendo a lo largo de mi carrera, personas con las que he trabajado para intentar que situaciones como las que se describen no vuelvan a sucederles. Son historias concretas, con nombres y apellidos, de personas y empresas, pero por desgracia son generales y generalizables. Por eso he querido traer sus experiencias a estas páginas para que sirvan de ayuda a aquellas otras mujeres que, casi con seguridad, se habrán topado o se toparán con alguna de estas piedras. Deseo de corazón que cumpla su cometido.

 

Las mujeres alquilan la tribuna pública

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