M es responsable para el sur de Europa de una conocida compañía. Llegó a mi para trabajar su voz. La expresión literal fue “arreglar mi voz”. Desde hace años tenía un trauma con ella: decía que la detestaba porque era fina, aguda, con poca presencia, y que eso le robaba autoridad entre sus iguales y personas bajo su responsabilidad en el trabajo.
Me sorprendió un poco esa tajante afirmación porque, aunque su voz era, efectivamente, fina y aguda, todo el ser de M rezumaba personalidad, seguridad, firmeza y autoridad a partes iguales.
Pero buscaba a toda costa bajar varios hercios su tono de voz. Esto, técnicamente, es posible, así que, dejándome llevar por sus dotes de mando, nos dimos a la tarea de tratar de agravar esa herramienta de gestión. Nos pusimos a trabajar sobre un caso concreto (siempre me gusta hacerlo así, creo que siempre se aprende mejor teorizando menos y aterrizando más): la próxima conferencia interregional, que debía celebrarse en un mes, algo parecido a una junta de directivos de varias zonas del mundo, excepto Asia y EE.UU.
Trabajamos varias sesiones la cuestión de la voz. Ella tenía preparado su discurso para esa conferencia, que debía tratar sobre los logros conseguidos, pero sobre todo contenía un “tirón de orejas” generalizado por cómo se había gestionado una situación de crisis que había llevado a la dimisión forzosa de un importante directivo en el continente europeo. Realmente había sido una situación grave y su tono en el discurso tenía que demostrarlo. Además, debía dar cuenta de las medidas correctoras que se habían tomado al respecto. La reunión, a la que asistirían no menos de 60 personas, se celebraría por videoconferencia, lo cual suponía, para nuestro reto, una dificultad añadida.
Deja que abra un paréntesis en este punto para explicarte por qué las videoconferencias nos resultan tan tediosas y por qué no son, ni de lejos, un gran modo de comunicarse. Verás, nuestro cerebro es como un niño: es un curioso incorregible pero también tiene tendencia a aburrirse con facilidad y buscar una nueva distracción en otra parte. Es muy difícil retenerle con plena atención por un tiempo prolongado. Nuestro centro de operaciones busca constantemente información; en condiciones de presencialidad recibe múltiples estímulos e información que provienen de las miradas y sus ejes, de los gestos y microgestos, de los tonos de voz… Las charlas en versión online carecen de parte de esta información, es incompleta y sesgada: ¿hacia dónde mira? ¿qué significa esta sonrisa? ¿qué efectos provoca esto que estoy diciendo? ¿me desaprueban? ¿les gusta? El cerebro sigue buscando toda esa información que no encuentra y eso resulta agotador si la reunión se prolonga más allá de 15 o 20 minutos. Si a eso le sumamos los retardos, que recuerdan más a una sesión de espiritismo ("¿estás ahí"? "te vemos, pero no te escuchamos") y la secuencia poco lógica de conversación el resultado es una comunicación que puede llegar a ser caótica.
El caso, volviendo a M, es que su experiencia en reuniones virtuales no era precisamente espléndida. Su voz, en este caso, ciertamente no ayudaba: cuanto menos caso le hacían, tanto más elevaba la voz, por lo que más aguda sonaba y más cansaba al que escuchaba (las voces graves, esto está demostrado, sostienen la atención por más tiempo). Se sentía empequeñecida y desesperada por captar la atención de su audiencia virtual.
Como digo, trabajamos un par de sesiones en bajar el tono de voz y lo conseguimos, pero el resultado fue nefasto para todo lo demás; como por arte de magia su personalidad, su seguridad, su esencia se habían esfumado. Tan concentrada estaba en su “nueva” voz que inconscientemente dejaba de lado todo lo demás, mensaje incluido. Esto suele suceder bastante. Entonces le propuse intentar algo distinto y hacerlo, esta vez, a mi manera. Le reté a introducir silencios; silencios largos, silencios incómodos, silencios de esos que cortan el aire y contagian solemnidad. El resultado, esta vez sí, fue sorprendente. Y la realidad es que la famosa videoconferencia salió exactamente como la imaginaba.
M es el ejemplo de que no hay fórmulas exactas, de que la comunicación es un traje a medida que se fabrica para cada persona. Me declaro detractora de todos esos métodos que prometen aprender a hablar en público en 5, 10 o 20 pasos, porque mi experiencia me dice que no sirven. Quizá son efectistas, pero a la mayoría de las personas les quedarán sobreactuados.
Verás, yo creo que todas y todos somos comunicadores natos, ¿acaso no somos seres que nos comunicamos, de una u otra manera? Como especie tenemos la forma de comunicación y las herramientas más complejas de todo el mundo natural, ¿cómo no vamos a ser comunicadores y comunicadoras natas? Es, con toda seguridad, una de las acciones que con más frecuencia ejecutamos en nuestro día a día. Entonces no lo dudes: tú lo tienes en el ADN.
Como comunicadoras/es tenemos nuestras características particulares que nos hacen diferentes al resto. Y precisamente porque no somos clones no se pueden aplicar las mismas fórmulas para todas las personas. Si quiere trabajar algún aspecto concreto de su voz, sus gestos, su puesta en escena…te sugiero, primero, que te conozcas como comunicadora.
Te planteo un ejercicio que yo suelo hacer en mi primera sesión de trabajo, pero ni siquiera lo tienes que hacer con una profesional, simplemente reúne a varias personas de tu entorno (no sólo familiares, también amistades y colegas de trabajo) y cuéntales cosas de naturaleza distinta: háblales de ese viaje que te cambió la vida, de tu abuela y del último proyecto en el que estás trabajando. Que te vean exponer en todas tus facetas. Y que vayan apuntando en un papel palabras que les sugiere tu exposición: seguridad, sinceridad, timidez, confianza, credibilidad, pasión, simpatía… Todo lo que se les ocurra. Por experiencia te digo que te vas a sorprender y vas a descubrir cualidades que ni siquiera imaginabas que tenías.
A continuación, selecciona las que más se repitan: esas son las que te definen. Y tira de tus fortalezas: explótalas, apóyate en ellas, utilízalas en tus exposiciones y verás el mágico efecto. Céntrate, sobre todo, en tus puntos fuertes, son esos los que te van a hacer destacar. Olvídate de intentar enmendar los débiles que esos, créeme, los tenemos todos los seres comunicantes.
Parte de la “industria” de la formación en comunicación vive de estos últimos: de tratar de superar tu timidez, tu voz aguda, tu estatismo en el escenario, tu mirada al suelo. Yo creo que no es por allí por donde hay que ganar la confianza de una persona que quiere comunicar de forma memorable (digo memorable no con grandilocuencia, sino porque pienso que la principal virtud de un mensaje es que se recuerde).
Te dirán cómo moverte, cómo mirar, cómo gesticular…Y no digo que no tenga su significado y su cierta ciencia, lo que creo es que estos consejos, en su conjunto, los famosos 10 pasos para comunicar bien, no le resultan útiles al común de los mortales, porque requieren de unas dotes de interpretación de las que carecemos el común de los mortales.
También a los comunicadores profesionales nos dicen cómo tenemos que movernos, entonar o escribir. ¿Y sabes qué observo? Que los periodistas más reconocidos son los que encuentran su propia manera de contar las cosas, los que se apoyan en sus fortalezas y, especialmente, en lo que les diferencia del resto. En definitiva, los que no son clones.
Volviendo al ejercicio, busca en tu propia naturaleza la materia prima de la que estás hecha. Guarda a buen recaudo esa lista de características que te distinguen del resto; varios capítulos más adelante te voy a sugerir cómo utilizarla.
Y cuando te sientas tentada a “corregir” alguna de tus notas definitorias acuérdate del caso de M y recuerda que somos un todo en un difícil equilibrio, y que cualquier modificación, aunque no sea sustancial, puede alterar todo el conjunto; siempre hay soluciones alternativas, tan sencillas como el silencio, que pueden transformar las cosas sin borrar su esencia. De hecho, el silencio es una gran herramienta para muchas mujeres (y también para muchos hombres). Hazte a la idea de que tiene el mismo peso específico de gravedad que un tono de voz potente y, si no me crees, haz la prueba con tus allegados como conejillos de indias: en tu próxima bronca introduce silencios en momentos clave, aguanta la tensión que a ti también te produce... y hazles caer todo el peso de la incomodidad encima, ¡el silencio es mágico!
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